Friday, October 25, 2024

IMBERBES

La oscuridad, el infierno, en la aséptica habitación de un hotel. 
No sabía quién era Liam Payne hasta que ha muerto. 
Creía que One Direction eran cuatro, pero eran cinco. 
Tan solo recordaba las caras y los nombres de dos de ellos: de Harry Styles (esa deconstrucción masculina forzada) y Zayn (rey de la morería). 
Cuando fallece gente tan joven, 31 años, siempre siento el vértigo del que se asoma, de refilón, a lo insoldable. 
Un error, un accidente, la fatalidad. 
Como cuando murió el protagonista de Glee o Anton Yelchin… 
Yo no conocía a Liam Payne, no sabía quién era, pero las fans de One Direction, ese grupo que vendía juventud eterna, sí lo saben. Lloraban su muerte en la puerta de ese hotel/infierno y decían “mi adolescencia, mi infancia”. 
No habrá comeback ni reunión. 
No siempre puede haberlo. 

Este martes 29, a las 19:00h, os espero a todes en la grabación en vivo con público del Especial Halloween de Pijas Marrones, en el mega-espacio Cupra City Garage, en Serrano 88. Va a ser lo más. 
Para reservar vuestras entradas entrad en mi Instagram personal y en el Telegram de Pijas Marrones. 
Trick or treat!!! 

Quedamos con Gerard y con Ana para ir a ver La Habitación De Al Lado
Cine evento. 
A mi chico y a mi no nos apetecían palomitas para ver La habitación de al lado. Entramos con Coca Cola Oreo y con chuches del Belros. 
Cada maricón cree que Almodóvar es suyo y que sabe más de Almodóvar que incluso él mismo. Cada maricón cree saber, exactamente y con todo detalle, cómo tiene que ser una película de Almodóvar, qué tipo de actrices debe elegir y cómo debe ser el tono de los diálogos. Pero lo cierto es que Almodóvar es un señor cuyos deseos acerca de lo quiere hacer o dejar de hacer, van por libre. 
Unas quieren que la nueva película de Almodóvar sea como Pepi Luci Bom, otras que sea como Todo sobre mi madre. 
Nunca va a llover de nuevo a gusto de todas. 
Pero, ¿cómo es realmente La habitación de al lado…? 

La habitación de al lado es una película de madurez. 
Es cine crepuscular, melancólico, reflexivo y urgente. 
Es Almodóvar contándote al oído sus preocupaciones. Las preocupaciones de su yo actual, que no es su yo de 1986, ni el de 2001, sino su yo de 2024, de un cineasta de casi 80 años. Y le ha quedado un film dulce, luminoso, sosegado. 
Viendo La habitación de al lado no quería que terminase nunca semejante placer otoñal. 
Tilda Swinton y Julianne Moore están estupendas. No hay duelo interpretativo; reman juntas. Ellas, junto a John Turturro, hacen posible el milagro de que todas las referencias culturales snobs metidas con calzador y esos temas de actualidad de debate tipo el cambio climático o el auge de la extrema derecha, suenen naturales por primera vez en las películas de Almodóvar. 
Y, luego llega esa sorpresa de casting final, solo a la altura de los grandes. 

Mi chico se fue de viaje de trabajo a Londres, a la city, y es salir por la puerta y llamo corriendo a Papa Johns, porque Jaime no me deja comer pizza, así que me la como a escondidas viendo Gran Hermano
Maica y Daniela son las Romy y Michele de este Gran Hermano. 
Son luz incomprendida por los populares. Las ganadoras. 
Lucía y Paula, las mellizas, no generaban movimiento en la casa, pero verlas haciéndose rutinas de skin care mientras los demás estaban a la gresca, era puro ASMR. 
Ojalá verlas horas maquillándose. 
Y me encanta que Ruvens decía que ellas eran como las gatas de La dama y el vagabundo. 
Me fascinó la horripilante madre de Violenta diciendo de Edi “este tío es un mierda, no es un hombre, es un imberbe”. 

Los stories se copan con los siniestros rostros llenos de odio de los asesinos de Samuel. 
Al enemigo hay que mirarle a la cara. 
Mientras, todas las marcas de lencería o de moda femenina se lanzaban al pinkwashing del cáncer de mama. Haciendo marketing para vender más y no dar un duro por la susodicha enfermedad. Menos mal que entre semejante panorama estaba el vídeo de mi admirado Andrew Gardfield junto a Elmo, en Barrio Sésamo, hablando de la pérdida y de la importancia de saber convivir con la tristeza. 
Andrew Gardfield es mi hombre hetero favorito. 
Está deconstruido de un modo muy natural. Diría que ni siquiera ha tenido que deconstruir ninguna construcción previa. 
Representa la evolución humana. 
Es sagaz, divertido, sexy, intensito, masculino, femenino, canta, baila, no teme mostrarse vulnerable. Es uno de los mejores actores de su generación, espectacular en Silencio, Lo que esconde Silver Lake, en Elimaginario del Doctor Parnassus, dónde le descbrí, en Tik Tik Boom, en Nunca me abandones… 
Pero este vídeo en Barrio Sésamo le ha elevado a la cúspide de la cultura occidental contemporánea. 
No he visto nada igual. 

Salma Hayek y Nicole Kidman, en el desfile de Balenciaga, se tiran los trastos a la cabeza como si fuesen dos drags de Rupaul Drag Race en el werkroom. 
Una espectacular pérdida de papeles en público que resulta refrescante entre tanta corrección y que nos traslada al Hollywood clásico. 

Amo a la gente del show business, como a Trump, que le ha dado rabia que Kamala tratase de conectar con la clase trabajadora, diciendo que había trabajado en McDonalds, y ni corto ni perezoso se mete en un McDonalds a trabajar, a poner patatas y sundaes con su delantal. 
Iconografía pura. 

Trump me cae bien y me divierte, pese a ser un hombre absolutamente trasnochado. Tan trasnochado como esa fiesta boda gitana de Paco León, tan blackface y tan parodia cultural, como del 2005, ajeno por completo a la evolución ética woke de los 20. 
Las gitanas están que trinan. 
O tan trasnochado como ese desfile de Victoria Secret, tan arcaico y de mal gusto. Un Noche de Fiesta a la americana. Me da igual que cantase Cher. Muy mal asesorada. 
Las imágenes parecían del 2003, de no ser porque reconocí que eran de este año porque para contentar al feminismo y al body positive han metido a modelos de setenta años y a modelos curvi. 
Pero todo lo demás igual de anacrónico. 

Martin y Juanjo han roto. 
Jamás duró una flor dos primaveras. 
Ya no existen los chicos y las chicas de OT. Y eso que hace meses fueron importantísimos en mi vida. Pero ya no existen. Menos Martin, que ha cantado con la vilipendiada Leire. 
Martin y Juanjo han roto no por los chemsex, sino porque las relaciones que dan lugar en realities de convivencia raramente entienden que la vida real no es para ellas. 
Son amores nacidos al amparo del aislamiento y del extraño y luminoso momento vital compartido. 
Salir de ahí es despertar del sueño. 

Octavio y Ana habían venido a Madrid, recién casados. Jaime se había hecho un desgarro muscular en el gemelo haciendo ejercicio, pero yo quedé con ellos en Plaza de España, una Plaza de España abarrotada de turistas, de guiris y de una manifestación con banderas de Ucrania. 
Subimos Gran Vía, con sus teatros musicales, por el antiguo cine Azul, que luego fue Friday’s, por los antiguos recreativos Picadilly, que tenían unos coches de choque en la planta de abajo donde estaban todos los moros teen. Y nos metimos por San Bernardo, en cuya esquina antes del IED estaba el mítico club Bali Hai, y por la acera del Morocco llegamos hasta el Tiki Tako, que los tacos son baratísimos y están riquísimos. 
Pedimos tacos al pastor, de suadero, cochinita pibil y tinga de pollo. 

Octavio me trajo un regalo: la colección en blue ray de las películas de mi adorada Agnés Varda, pero encima con el cofre diseñado por él, por Octavio. 
Una joya. 
Me hizo muchísima ilusión. 
Otro tesorito en casa. 
Les comenté que lo material me hace siempre pensar en la muerte. En que cuando muera, inevitablemente, todos los objetos que pare mi tienen valor serán basura de container para otros. 
Todo acabará en la basura. 
Le pregunté a Ana por la situación de Cuba, que Ana es rubia y parece sueca, pero es cubana. 
También salió el tema de los alquileres en Madrid y que la gente joven va a dejar de pagar los alquileres. Va a explotar el tema. 
Les dije que me había encantado La habitación de al lado. 

Quedamos para tomar el café con una amiga de Octavio, Eva, que es como un personaje de una película de Noah Baumbach, en la esquina de Hortaleza con Augusto Figueroa, y bajamos hasta la acogedora cafetería gentrificada sin nombre de Barquillo 18, que tiene un café especialidad delicioso y unos bollos muy europeos. 
Nos sentamos en la salita negra de dentro, que es una sala entre agradable y como de que te van a matar. 
Ahí estaba el presentador este gay de La Sexta que se señaló la pulserita LGTBIQ. 
Tomando un reconfortante café estuvimos hablando de bodorrios, que me encantan, con todos los heteruzos de coca ligando, las canciones esas horrendas que escuchan y cómo piden dinero poniendo la cuenta en las invitaciones. 
No hay mayor ordinariez. 

Ahora que se ha destapado los de Iñigo Errejón, veo sus fotos y me da morbo. 
Y es que los gays no somos mujeres cis heterosexuales. 
 Somos otra cosa que no tiene nada que ver.